Puente de Vallecas, octubre de 2017. Empiezan las caceroladas en el puente. Se reclama un barrio sin trapicheo y sin venta de drogas.

20 años antes, en 1997, en el Pueblo de Vallecas, se salía a la calle para protestar por el abandono de políticas públicas en materia de drogadicción. Se había cerrado el poblado de Los Focos, en San Blas,  punto de distribución de droga. Las colas de yonkis desde la estación de tren de Vallecas, en forma de procesión llegaban hasta la Rosilla, y con ello la inseguridad y la percepción de la misma. Mientras se gritaba y marchaba hacia la Rosilla solicitando su cierre, pasaba el autobús 130, con hermanos, vecinos y vecinas de quiénes estaban en la manifestación. Paradojas de Vallecas, quien sufre los efectos de la droga en sus propias carnes, es quien desea con más fuerza que desaparezca.

Volvamos a Puente de Vallecas en 2017. EL paralelismo de las cacerolas, y los gritos, las primeras no habían llegado a nuestras pantallas aún desde Argentina. El leit motiv de la manifestación, un barrio seguro, no queremos trapicheo, nos negamos a que nuestro barrio sufra la presión de la venta de droga cuando se cierran otros puntos de distribución, como la Cañada Real en este caso actual.

De fondo, la desigualdad social y la desestructuración de un barrio, el de Puente, que ahora está demasiado cerca del centro, que se vislumbra ya como el siguiente paso en el proceso gentrificador que va arañando cada pedazo de ciudad expulsando a la población trabajadora, para llenarlo de gente más rica, más blanca y más turistas que vengan a disfrutar de esta ciudad orientada a los servicios.

Muchos años de olvido, de falta de políticas públicas que trabajen la diversidad, pero también que palien los efectos del desempleo y del paro en sí. Porque la diversidad en los barrios trabajadores implica desigualdad social y falta de oportunidades. Queremos renta, queremos derechos y ser sujetos políticos. Queremos barrios habitables.

Nos negamos a tener miedo a salir a la calle, porque está usurpada por el trapicheo, por la violencia machista que cosifica nuestros cuerpos por ser mujeres, que nos mata víctimas indirectas de un ajuste de cuentas o por haber sido “amigas o parejas”. La violencia machista y patriarcal contra nosotras. La violencia de quienes se enriquecen con la trata que explota nuestros cuerpos.

Pero tampoco queremos que nuestra desigualdad sea vigilada.

Las cámaras no evitan que seamos pobres y que nuestros barrios sean puntos calientes de trapicheo, ni tampoco que nos aborden, roben y acosen en las calles. Tan sólo sirven para ser testigos de nuestra desigualdad social.

Nos gustaría ser protagonistas de nuestras vidas, empoderarnos como nuestras compañeras de la PAH, que juntas son capaces de parar desahucios y de poner en un brete a los directores de las oficinas bancarias que les hicieron firmar préstamos ilegales e imposibles.

Tampoco pedimos más policía, porque ya hay demasiada en nuestro barrio, porque nos desahucian y golpean cuando tratamos de impedirlo.

Queremos recursos, una renta universal, es decir, para todos y todas, poder calentar nuestras casas en invierno y poner el ventilador en verano.

Somos un barrio valiente, que ha peleado cada recurso y que seguirá haciéndolo, y que, pese al abandono de los últimos años tiene suficiente potencia para salir adelante, para pelear por la permanencia de sus habitantes y solidaridad a espuertas para compartir sus recursos escasos.

¡Vallecas no se vende!